El tren de Veyangoda a Kandy


Mientras esperamos en la estación de Veyangoda empiezan a despuntar las primeras luces del alba. A medida que va amaneciendo la pequeña ciudad comienza a activarse. Algunos perros van estirando sus definidos músculos y los nativos van llegando al lugar para empezar su jornal.

Son las 5:30 a.m. y ya llevamos una hora esperando, viendo pasar varios trenes. No tengo ni idea de adónde van o de dónde vienen. La verdad es que sólo me preocupa no perder el nuestro…

El tren que nos llevará a Kandy


Después de preguntar unas 4 veces, por fin aparece el nuestro: un destartalado y sucio tren. A la vez que se va deteniendo junto al andén, la gente se amontona para entrar en los vagones. No me entero de a cuál he de subir, lo único que sé es que he pagado 140 rupias por un billete de segunda clase.

Me fijo y veo que en cada vagón hay diferentes números, del 2 al 3, y deduzco que el 2 corresponde a segunda clase. De modo que, tras unos cuantos empujones, achuchones y mucho esfuerzo superamos la primera prueba: escalar casi 1 metro para subir al vehículo. Inmediatamente después pasamos al vagón y nos percatamos de que está completo. Son 4 horas de viaje, pero no pasa nada porque tras los largos vuelos, la escala en Doha y media hora de taxi hasta Veyangoda, por fin estamos en Sri Lanka.

¿Qué son entonces 4 horas más de trayecto?



Colocamos las mochilas en los altillos y nos intentamos relajar de pie en el pasillo. Noto como nos miran. Somos los únicos extranjeros en el vagón. Sus miradas demuestran que sienten curiosidad y a la vez vergüenza. Al poco tiempo un chico cede su asiento a uno de nosotros. Ese gesto desencadenó el suceso que me lleva a relatar esta historia.

Imagino que nuestras caras debían reflejar el cansancio del largo viaje, pero debo admitir que estas personas son muy amables, tanto con los locales como con los extranjeros.

Inmediatamente una niña empuja a su hermano menor y hace sitio para que una de mis compañeras de viaje se siente junto a ella. La joven no hacía otra cosa que mirar a la rubia de piel blanca deseando entablar conversación. Sin embargo, se notaba en ella que la vergüenza le impedía hablar.

Acto seguido otro hombre se levanta


…y su mujer me hace gestos para que me siente junto a ella. Me pregunta de dónde soy y respondo que de España. De forma natural empezamos a hablar, del mismo modo que mi compañera ya está conversando con la joven niña que le había hecho hueco y con su hermano.

Charith, el hombre que nos había cedido su asiento en primer lugar vuelve y le indico si quiere sentarse. Sus gestos rechazan mi invitación. Mientras tanto el marido de la mujer que comparte su asiento conmigo inicia viajes de ida y vuelta en busca de comida. Más tarde me enteraría de que absolutamente todos en ese vagón son familia. Se dirigen a Bandulla para pasar allí sus vacaciones.

Sin darme cuenta me plantan unas hojas de periódico en las piernas y me ofrecen dos trozos de pan, una salsa con cebolla y no sabría decir qué más. Un auténtico manjar a esas horas, pues lo único que hemos comido hasta el momento son unas míseras galletas.

Me ha sorprendido tanto su hospitalidad que no puedo evitar emocionarme

¡Qué familia tan amable! En un abrir y cerrar de ojos todos mis compañeros tienen comida en las manos y están hablando con alguien de la familia.

El marido saca su móvil y me pregunta si puede hacerme una foto con su mujer. A lo que yo contesto: ¡por supuesto! Charith saca el suyo y hace lo mismo. Menos de 5 segundos y estamos todos posando juntos. Me fijo en los ojos alegres del marido y esta vez le pregunto yo a él si se hace una foto conmigo. Y tal y como estáis esperando, acepta y se une a la pequeña sesión fotográfica de selfies. Todo son risas, compartimos la poca comida que tenemos y vamos charlando animadamente.

Charith es un adolescente como cualquier otro, viste a la moda y tiene facebook

Lamentablemente nuestra estación es la siguiente. Nos despedimos y su reacción es ayudarnos con todas las mochilas.

Días más tarde, al aceptar la solicitud de amistad en facebook de Charith, pude comprobar que las fotos que nos hicimos ya estaban en su muro. Y para sorpresa de todos nosotros, su foto de perfil refleja su imagen con las gafas de sol que una de mis compañeras le regaló.

Una experiencia única que dio pie a una entrada triunfal al país del té

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Fdo.

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